
Fuente: El País 08.09.2008
Cada vez que Zapatero dice que Madrid es una de sus prioridades, yo también sonrío, pero mi sonrisa es triste, melancólica, una mueca patética de desesperación. Y pienso en Bono, en Fernández de la Vega, en Simancas, en Sebastián, en el tamayazo, del que seguimos sin saber nada a pesar de que el PSOE controla desde hace más de una legislatura el aparato de información del Estado, y así, pasando por Trinidad Jiménez, apartada de su cargo cuando empezaba a estar preparada para ejercerlo, llego hasta un remoto año de mi juventud en el que era evidente que el mejor candidato era Fernando Morán pero el elegido fue Juan Barranco. Desde los ochenta, y se dice pronto, el PSOE, en Madrid, no da una. Habrá quien piense que es mala suerte. Yo no lo creo.
A lo peor es que con los años he desarrollado una manía conspirativa, pero cada vez estoy más convencida de que el PSOE ha renunciado deliberadamente a Madrid, de que lo ha abandonado en manos de la derechona para poder presumir de partido progresista y descentralizado en la periferia que lo consolida en el Gobierno.
Como estrategia, es mezquina pero rentable, y quizás por eso, casi todos los miembros de la nueva cúpula de Gómez tienen un cargo previo. Así, si como es previsible, y nunca en mi vida he deseado tanto equivocarme, logran la proeza de incrementar una abstención que ya supera con creces la tercera parte del censo, ninguno correrá el peligro de acabar en el paro.
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